Sobre la fragilidad de nuestras instituciones educativas
Las últimas lluvias en Tarapacá podrían leerse, más allá de la emergencia climática que provocaron, como una poderosa metáfora de la fragilidad. Una ciudad acostumbrada a considerar la lluvia como un fenómeno excepcional se enfrentó a precipitaciones históricas que expusieron diversas debilidades de su infraestructura. Distintos organismos reportaron más de 10 milímetros de agua caída en una ciudad donde, habitualmente, las precipitaciones anuales son inferiores a un milímetro.
Pero la fragilidad no fue únicamente urbana. También alcanzó al sistema educacional regional. Establecimientos de educación básica, media y superior debieron suspender sus actividades presenciales y, en algunos casos, trasladarlas a modalidades virtuales en condiciones de conectividad inestable, con las dificultades e impactos que ello puede generar en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Fragilidad
En el caso de nuestra Universidad, recientemente el Gobierno Regional de Tarapacá realizó una importante inversión cercana a los tres mil millones de pesos destinada, precisamente, a mejorar la infraestructura de algunas facultades y espacios comunes. Sin embargo, la magnitud del reciente evento climático demostró que estos necesarios esfuerzos no fueron suficientes para evitar nuevos daños en distintas dependencias de la institución.
Esta contingencia supuso un esfuerzo financiero no contemplado originalmente en el presupuesto anual de la Universidad. En consecuencia, la institución deberá destinar recursos emergentes a asegurar, reparar y fortalecer su infraestructura tras los efectos de las lluvias, como lo han señalado las propias autoridades universitarias en sus comunicaciones a la comunidad.
Medicina
A esta fragilidad material se suma ahora otro desafío de mayor envergadura: la creación de la carrera de Medicina, aprobada de forma mayoritaria por las respectivas instancias triestamentales. Se trata, sin duda, de un proyecto que puede tener una enorme relevancia para el desarrollo sanitario regional. Sin embargo, precisamente por su importancia, exige también una reflexión responsable respecto a la importancia de combinar una ética de la convicción —que proyecta el crecimiento institucional— con una indispensable ética de la responsabilidad, que sea capaz de evaluar las consecuencias materiales y financieras de las decisiones que se adoptan.
La Universidad deberá asumir, particularmente en el presupuesto del próximo año, importantes compromisos asociados a la implementación de esta carrera, como es el caso de hacerse cargo de las remuneraciones pactadas de los cuerpos académicos especializados; la adquisición y mantención de equipamiento, así como otros costos emergentes para garantizar una formación de calidad. Esto se debe a que los recursos comprometidos por el Gobierno Regional, cercanos a los 40 mil millones de pesos, estarán fundamentalmente orientados al gasto de capital destinado al desarrollo de la infraestructura: salas, laboratorios, oficinas y otros espacios necesarios para el funcionamiento de la carrera.
Experiencias
Esta combinación de gastos emergentes que significan las reparaciones producidas por los eventos climáticos, así como los gastos corrientes que deberá considerar nuestra institución para pagar remuneraciones de la futura carrera de Medicina, adquiere la mayor relevancia al observar experiencias recientes de otras universidades estatales regionales que han abierto esta carrera.
A modo de ejemplo, en la I Asamblea Ordinaria de la Federación de Asociaciones Académicas de las Universidades del Estado de Chile (FAUECH), realizada en agosto en Santiago, se abordó, entre otros temas, la situación de la Universidad de Antofagasta, institución que acaba de iniciar un proceso de reestructuración financiera orientado a recuperar su equilibrio económico.
Entre las diversas dificultades que han afectado a dicha institución, se encuentran los elevados costos asociados a la gestión del hospital clínico vinculado a la carrera de Medicina, sumados a otros problemas propios de un financiamiento público insuficiente, lo que demuestra que las universidades estatales no estamos exentas de enfrentar crisis cíclicas, tal como ocurre con los eventos climáticos.
Responsabilidad
Por lo que, decisiones institucionales de carácter trascendental, en un escenario cada vez más inestable, no pueden partir de la premisa de que, si las decisiones adoptadas no resultan acertadas en el mediano o largo plazo, los costos terminarán siendo asumidos por las propias comunidades académicas y universitarias, postergando con ello las mejoras necesarias para las condiciones laborales y salariales de quienes sostienen cotidianamente la Universidad.
Las recientes lluvias nos han recordado que la fragilidad puede aparecer allí donde creíamos existir sobre bases sólidas. Quizás esa sea también una oportunidad para reflexionar colectivamente sobre el presente y el futuro de nuestra Universidad, más allá de todo cortoplacismo. Porque una Universidad verdaderamente sólida es sobre todo aquella que puede sostener en el tiempo sus decisiones, proteger a su comunidad y construir su futuro sobre bases institucionales, financieras y académicas suficientemente firmes.
Cristian Jamett Pizarro
Presidente AFAUNAP
«Por una carrera académica con nuevo pacto salarial»


